Fundada en 1991 en Castrelo, en plenas Rías Baixas, Hortasol es una empresa familiar ahora en manos de su segunda generación que siempre ha tenido en la pasión por la tierra y el amor por el trabajo, sus dos razones de ser. Gracias a ese empeño por hacer las cosas siempre bien hechas, esta compañía puede presumir de haberse abierto un buen hueco en los sectores de la hostelería y la distribución y de ser un referente en el cultivo y la comercialización de pimientos de Padrón dulces (también tiene de los que pican). Hortasol es también un ejemplo de cómo la agricultura puede salir victoriosa si se alía con la innovación. Gracias a ella acaba de incorporar aguacates a sus tierras y espera a octubre para lanzarse al cultivo de arándanos. Sin prisa, pero sin pausa, las hermanas Mónica y Carolina Domínguez Troncoso quieren seguir añadiendo líneas a una historia que sus padres empezaron a escribir hace ahora tres décadas.

Una historia que empezó a fraguarse en Alemania, donde los padres de las actuales gestoras de Hortasol vivieron unos años antes de volver a su Galicia natal, para probar suerte con el mundo de los mejillones. Los azares del destino hicieron que aquella aventura no llegara a buen puerto. ¿La razón? Los mareos que aquellas bateas provocaban en Mario Domínguez, quien después sería el fundador de Hortasol.

La transición del agua a la tierra no fue ni fácil ni rápida. Lo peor es que estuvo precedida por un acontecimiento dramático que marcaría a la familia para siempre.

“Cuando en 1990 murió nuestro hermano José Mario, mi padre tomó la decisión de montar un negocio que pudiera ayudarnos a tener un buen futuro. En aquel entonces, mis otros dos hermanos, mi hermana y yo éramos adolescentes o preadolescentes. Mis padres fueron muy valientes y siempre han sido muy luchadores, y esa valentía y esa lucha es la que nos hace estar orgullosos y sentir una enorme pasión por lo que hacemos”, cuenta a Huella Carolina Domínguez Troncoso, actual copropietaria junto con su hermana Mónica de la compañía.

Los primeros pasos

Fue aquella valentía la que llevó a los padres de ambas a montar, junto con dos socios, varios invernaderos en las tierras que eran de su propiedad para plantar en ellas las primeras lechugas, espinacas y puerros. Tierras en las que recuerda Carolina “hemos trabajado desde pequeñitas, ayudando en lo que podíamos. ¡No es de extrañar que a Hortasol lo llevemos en la sangre!”, matiza.

Aquellas cosechas de los primeros años de la década de los noventa del siglo pasado, fueron la antesala de todas las que desde entonces han ido teniendo y poco a poco han ido ampliando. No sólo con el invernadero que siguen teniendo propio, sino con las que obtienen de las tierras de los productores con los que la firma lleva trabajando “toda la vida con contratos de exclusividad”.

Pimientos de Padrón, el producto estrella

Entre unos y otros, la producción de Hortasol asciende a unos 600.000 kilos de verduras mensuales. Entre ellas figuran acelgas, berzas, lechugas, tomates, espinacas, puerros y por supuesto los pimientos de Padrón, que son la estrella de la casa.

“Es cierto que la producción del pimiento de padrón dulce es más baja que la del picante, pero nosotros siempre hemos preferido poder garantizar a nuestros clientes que nuestros pimientos no pican. No sólo cuidamos de nuestras tierras, también cuidamos de los consumidores”, apostilla.

El peso de la innovación

Actualmente la compañía tiene -dependiendo del año- entre 15 y 20 referencias de producto que en 2021 ha decidido ampliar. ¿Cómo? Apostando por el cultivo de aguacates y arándanos en un claro nuevo guiño a su política de defensa de la innovación en el sector agrícola.

“Tanto mi hermana y yo como mi padre que, aunque está jubilado sigue al pie del cañón, estamos muy orgullosos de haber plantado por primera vez en nuestra historia aguacates el pasado mes de marzo, y de saber que vamos a poder hacer lo propio con los arándanos el próximo mes de octubre”, explica.

Innovaciones que se suman a las que la firma ya ha puesto en el mercado con la comercialización de patatas peladas y cebollas picadas, pensadas especialmente para las conserveras y el sector de la restauración, y de los chips elaborados con aceite de cacahuete, a los que ha bautizado con el nombre de Patatiñas y que ya están disponibles en los centros de Alcampo.

De relaciones largas

Alcampo es de hecho el principal cliente de Hortasol en el sector de la distribución dentro de su Galicia natal. “Nuestro padre trabajó con Alcampo desde sus inicios, y nosotras hemos seguido haciéndolo. El nombre de Alcampo va ligado a nuestra historia. sentimos por la empresa un enorme cariño y agradecimiento porque gracias a ella hemos crecido y nos hemos hecho un nombre”, sostiene Carolina.

Blas Antonio Orgaz Rodríguez, comprador de frutas y verduras de Alcampo, explica, por su parte, que la relación duradera que la compañía de distribución mantiene con Hortasol se debe a la gestión eficaz y responsable que las hermanas Domínguez ahora, y antes su padre, han hecho de su empresa y de los alimentos que producen.

“En Alcampo siempre apostamos por productos locales y de proximidad elaborados con el mayor respeto posible al medioambiente y pensados para ofrecer la mejor calidad a nuestros clientes. Requisitos que Hortasol cumple al pie de la letra”, sostiene.

Envases sostenibles

Prueba de ese respeto por el entorno es la transición que la compañía está haciendo hacia bandejas ecológicas para el envasado de sus productos. Actualmente vende sus cebollas y patatas en mallas, el resto de sus verduras en bandejas de cartón y sus lechugas en bolsas de plástico.

“Queremos que nuestros envases sean cada vez más ecológicos para contribuir más y mejor al cuidado de nuestro planeta. Queremos que nuestras tierras puedan seguir alimentando a futuras generaciones”, explica Carolina.

Relevo generacional

Con 11 empleos directos creados, y más de 70 puestos indirectos asociados a su firma, Carolina y Mónica cuentan con un muy probable relevo generacional para su empresa. Con dos hijos cada una, ambas confían en que sus descendientes quieran dar continuidad a lo que su padre puso en pie y ellas han contribuido a consolidar.

“Sabemos que podemos crecer, sabemos que podemos llegar más allá, que podemos llevar nuestros productos a toda España. El cariño y el mimo que ponemos en nuestro trabajo y con el que cultivamos y seleccionamos nuestras verduras es directamente proporcional al respeto que sentimos por nuestros padres, al orgullo que tenemos por nuestro trabajo y a la pasión que ponemos cada día en cada una de nuestras tareas”, sostiene.

Una pasión heredada

Una pasión que están transmitiendo ahora a sus hijos, quienes ya trabajan con los pimientos de Padrón de la firma y “ya sienten el amor por este negocio”, asevera. Un amor que, según Carolina, también sienten todos ellos por las tierras en las que cultivan y con las que conviven, en Castrelo, en el corazón de las Rías Baixas.

“Desde nuestra nave (cuentan con 1.500 metros cuadrados de almacén y 3.000 metros cuadrados de parcela) vemos la isla de La Toja. Estamos en un sitio absolutamente precioso desde el que se ve el mar… ¿Tú sabes la maravilla que es eso?”, nos cuestiona concluyente con un cantarín acento gallego nuestra entrevistada. Ella, desde luego, sí lo sabe. Sus productos, también.